martes, 21 de diciembre de 2010

ser hermana.

Ser hermana es diferente para cada uno, supongo. Mi hermana mayor tiene cinco años más que yo. Hubo un tiempo en que jugábamos a que ella me adoptaba de la calle porque era millonaria y me iba a educar. También sacábamos toda la ropa y jugábamos a venderla mientras la otra hacía los menús. Jugábamos con barbies y muñecos en nuestra casa a medio construir como si estuviéramos en un lugar lleno de aventura. Ese tipo de hermanas éramos hasta que ella cumplió 14 o 15. Entonces para mí todo el clima familiar cambió, y siempre le he echado la culpa (consciente o inconscientemente) a su paso abrupto por la adolescencia.

A mi hermana le empezó a gustar la televisión y mis cenas familiares se terminaron porque ella y mi papá no podían quedarse en la mesa. Las salidas familiares también se terminaron porque a mi hermana a veces algo le pasaba y simplemente ya no quería salir con nosotros. Y en casa en general, desde que ella empezó a cerrar la puerta de su cuarto y a llenar la casa del sonido estridente de su radio, todos iban por su lado. De alguna forma sin mi hermana todo lo demás era asunto de grandes.

Cuando mi hermana fue saliendo del periodo adolescente fui yo quien cerró las puertas. Ya no importaba mucho qué ocurría en casa, si querían hablar, si querían salir, porque a fin de cuentas yo había pasado varios años de mi vida en tiempo muerto. Queriendo las cenas en la mesa, queriendo jugar a algo con alguien, queriendo salidas de todos juntos. Esto último a mi hermana le parecía una cursilería innecesaria. Claro que en ese tiempo a mi hermana todo le parecía una cursilería innecesaria, incluso hablar conmigo, más aún si eso interrumpía sus novelas. Al final, cuando cerré puertas, ventanas y todo lo que podía cerrar, simplemente me desentendí bastante de lo que pasaba alrededor.

La diferencia entre mi hermana y yo es que ella supo re-acercarse a la familia, en cambio yo sigo siendo una chiquilla adolescente que es todo lo odie que mi hermana fuera, con ella y con los pequeños. Llego, saludo, reniego, y baño todo de un sarcasmo malhumorado que angustiaría a cualquiera. No me acerco mucho a nadie, le doy dos abrazos semanales a mi mamá y mi hobby último es botar a mi hermana cada vez que me quiere abrazar a mí. Yo no sé si es adolescencia tardía, inmadurez estúpida o lógicos estragos de mi socialización familiar, pero a fin de cuentas ahora yo soy la hermana mayor y tengo socializaciones ajenas en las que intervenir.

Camila y Valentino tienen 6 y 4 años. Cuando me di cuenta de que Camila no podía abrazarme como al resto de personas en la casa fue que me empecé a preocupar y a preguntarme si no estaba equivocándome yo ahora. Entonces me pregunté si yo había salido con ellos, si había jugado con ellos, si les había dado de comer o los había llevado al baño. Pues no, no recuerdo que esas cosas hayan ocurrido mucho. Y me siento mucho más culpable cuando me doy cuenta de que si presto atención ellos son los niños más lindos y mi hermana, aunque antipática a veces, es una persona admirable.

Yo no me siento mal por lo que me han dado o no, a fin de cuentas yo he aprendido mucho de mi hermana, le debo bastante y soy feliz, pero por lo que si me siento mal es por si les demuestro lo suficiente que los quiero, porque sí los quiero solo que no he resultado del tipo de hermana que corre detrás de la bicicleta o que le habla de sus affairs a su hermana mayor. Me pregunto si en verdad lo sabrán, entonces decido que quiero acercarme más a mi hermana de nuevo (solo no me abraces tanto que me da calor) y que quiero intervenir en la socialización de los pequeños. Quiero que Valentino salte cuando llegue y, sobre todo, que Camila me abrace, pero que me abrace fuerte, pues.









Camila y Valentino.

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