A veces, varias veces, me invade el deseo de volver a escribir sin conciencia. De permitirle a mis palabras cosas que no me permito a mí misma. Recuerdo con nostalgia el tiempo en el que podía expresar sin temor a la audiencia. Esa bruma borrosa de gente que te mira, te observa y juzga cada uno de tus actos e inconsistencias.
La bruma a veces toma forma de familia, de colegas, de personas sin nombre que hurgan como si yo les pertenciese. ¿Es lo suficientemente profesional? ¿Es buena pareja? ¿Es coherente con lo que piensa? ¿Hace lo suficiente?
Estoy cansada de la performance, del juego en el que todos bailamos parte de una canción perfecta, pero en el fondo queremos gritarnos, odiarnos y largarnos de la fiesta. Y yo sé que esta bruma de gente vive en mi mente, que nadie me mira, nadie me lee, que a nadie le importa. Aún así, todavía no puedo escribir las cosas que sueño con escribir.
Como los universos que conviven en mí. Los planos en los que comprendo los desenlaces alternativos de mi vida. Lo extraño que es echar tanto de menos a personas que ya se han ido. Lo triste que me pongo cuando las recuerdo.
Como el recelo con el que vivo el mundo hoy. La forma en la que la vida me ha hecho tan cínica. Haber pasado de chica ingenua de corazón abierto a persona recelosa sin ganas de sentir demasiado.
Escribir sobre la utopía rota. La desesperanza del cambio. Todavía tengo hambre de conocimiento, pero mientras más sé, más me decepciono, más siento la farsa. Me absorve la desidia.
En ese punto, admiro profundamente a mi compañera. Cómo ha hecho para pelear tanto en la vida y aún así vivir con optimismo. Me aferro a eso, a ese punto de luz que es ella. A esa maravilla que es la esperanza inagotable. El amor incondicional.
Y yo, ¿soy acaso merecedora de ese amor? ¿Le hago honor a su lealtad, a su grandeza?
Estoy enojada. Mañana no lo estaré tanto.

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